Variedades

Nostalgia del Silencio
Sergio Raminez


Los mabaans, una tribu del Sudán, tienen la menor tasa de sordera de todo el mundo, leo en la memoria de un congreso médico celebrado recientemente en Madrid. Viven en una región desolada, cercana al desierto del Sahara, que es como una cámara de vacío. No hay allí ruidos de ninguna especie, y por tanto nadie necesita alzar la voz entre ellos. Los gritos y las vociferaciones son materia desconocida, y sus conversaciones discurren a la luz de las hogueras de manera plácida, en un continuo rumor. Sus canciones son como el murmullo del agua, y el tañido de sus flautas recuerda el trino de los pájaros.

Dichosos los mabaans que son dueños del silencio, y por tanto, del oído limpio y perfecto, sus canales acústicos preservados de todo daño y contaminación, y que no conocerán nunca la maldición de la sordera provocada por los ruidos urbanos. El mismo informe dice que en el año 2020, un 10% de la población española padecerá de presbiacusia, que consiste en la pérdida de la audición por degeneración celular ligada a la exposición al exceso de ruido. Me imagino que una tasa similar tendremos en Nicaragua, y lo peor, los más jóvenes, en lugar de librarse de quedar sordos, son los que más expuestos están.

Ejemplos sobran. El ruidosos encierro de las discotecas donde resuenan cajones de altoparlantes del tamaño de roperos de tres cuerpos, los automóviles que se ejercitan a las carreras con los motores a toda potencia, los equipos de sonido instalados en esos mismos automóviles para dejar sordos a quienes van adentro, y también a los que van por la calle, las motocicletas infernales con el escape libre. Y los aparatos de televisión a todo volumen para hacer de la vida doméstica un tormento, los tocadiscos que la gente usa como si se tratara de armas letales con las que quieren poner de rodillas a los vecinos.

Si se supone que las grande aglomeraciones urbanas son las que están saturadas de ruidos infames, también se supone que existe entonces la posibilidad de alejarse hacia los poblados más pequeños, donde uno busca encontrarse con el silencio, o los sonidos que no ofenden al silencio: gallos en la madrugada, campanas llamando a la misa dominical, por ejemplo.

Pero cuánta equivocación. Los cultos evangélicos andan sueltos por todas partes, armados como para una guerra con bandas de heavy rock, las discomóviles acampan en cualquier territorio rural con terrible alcance de kilómetros a la redonda, las baratas recorren las calles a la medianoche anunciando decesos con lúgubres marchas fúnebres. Y los bailongos hasta el amanecer, y las cantinas, y los restaurantes que también se han metido al negocio del ruido.

Cada vez más tengo la sospecha de que hay quienes usan el ruido como arma de poder, y que esa legión crece cada día más. Una especie de sociedad secreta dedicada a destruir los oídos de los demás. Son dueños de un poder que antes no todos podían comprar, porque los equipos de sonido capaces de aventar a la calle una tempestad de decibeles eran sumamente caros, y por tanto se trataba de una tecnología que se hallaba lejos del uso doméstico y cotidiano.

Hoy no. Lo he visto en los barrios más pobres, donde el dueño del poder en una cuadra, es el que puede hacer más ruido, y aún saca sus altoparlantes a la calle, una especie de jactancia sonora. Cualquier aparato, dotado de un pequeño chip, es capaz de soliviantar el sueño del vecino, y de alentar las llamas del infierno del desvelo. Quien hace girar la perilla para subir el volumen de la música, quiere demostrar a los demás que hace ruido porque tiene con qué comprarlo, y a mayor ruido, mayor prestigio.

Pero no es necesario dejar sordos a los demás para quedarse sordo una mismo. Los estudios científicos también demuestran que el uso continuado de los audífonos, con ruido a alto volumen, tiene los mismos efectos a la hora de causar la sordera. Es lo que deberíamos llamar una autoinmolación en los altares del dios del ruido.

Parece que no hay escapatoria, y no existe consuelo para los ciudadanos de oídos afligidos. El placer de conversar se frustra entre los ruidos. Si uno asiste a una fiesta, sobre todo en los salones de techo bajo de los hoteles, sale de allí con dolor en la garganta, por el esfuerzo de dejarse oír por encima de la música que atruena al máximo posible de los infernales decibeles de las bocinas. Entonces algo muere cada vez más dentro de uno, además de las células auditivas: la posibilidad de la comunicación llana y espontánea, el simple gozo de la conversación. ¿Deberemos valernos pronto del lenguaje de manos de los sordomudos para poder entendernos entre los mortales?

Los maaabans, en la sociedad del ruido en que vivimos, vendrían a ser menos que despreciables criaturas.

Masatepe, febrero 2008.
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